Desde el momento en que te haces madre cualquier fluido que expulse tu hijo del cuerpo de manera voluntaria y normal pasa a ser un elemento de estudio.

No voy a hablar de los mocos y sus variables de colores y texturas y aunque un buen moco dice muchas más que mucha gente toda una vida, yo estoy haciendo el postgrado en cacas.

Una antropóloga estudando un coprolito no le saca tanto partido como yo al pañal de La pequebella. En serio. De un único vistazo, no crean ustedes que yo necesito mucho tiempo. Una vista rápida y tengo toda la información masticadita.

Ya saqué yo muy buena nota en esta materia en la formación acelerada que me dio el principito pero como la pequebella cae más resfriada, cosas de tener hermanos en el cole, las cacas se han vuelto en documentos informativos cual teletipo de la agencia EFE. 

¿Que la niña se hace caca? Sin quitarle el pañal ya se yo si esa caca es buena o es mala. Si me viene un tufete ácido o rarete… culo escocido y cacas llenas de babas. No fallo oiga, no fallo.

El color. Del color podría yo elaborar mil y una teorías: marroncillos, amarillos (claro, oscuro, mostaza) y los temibles verde tengo la tripa regulara. Con el verde: culete escocido de nuevo.  Porque la niña fina, fina no es, pero tiene las nalgas como seda china oiga. No he visto cosa más delicadita que ese Ph.

Luego está lo que come… que ya me ven ustedes inspeccionando la caca porque no me acuerdo lo que la niña comió ayer y como más que masticar parece que devora ahí están los trozotes de alimento, bien enteros para que cualquiera pueda saber el menú que hemos devorado.

Que me he quedado sin escrúpulos con esto de la maternidad. Y poco que me importa.

Un comentario

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.

*

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.