La hora del baño es guay, divertida y nada, nada, estresante (léase sin sorna ninguna por una vez en la vida). La hora del baño suele ser la hora del baño doble porque aprovechamos y por el precio de uno, el principe y yo nos bañamos. Llenamos un poquito la bañera y venga: todos a jugar como si no hubiera mañana.

Poco a poco la bañera se ha ido llenando de juguetes hasta parecer un toysarás acuático. Lo más gracioso es que por mucho juguete que encuentre el niño en cuanto yo me desnudo y entro en la bañera se me pega al pecho como una lapa de verano. Y así es nuestra primera parte del baño: yo estiradita tomando mi baño “relajante” con tres dedos de agua y con el principito mamando (barriguita con barriguita). Para no morir de una hipotermia invernal voy echándonos agua calentita por encima mientras el principito se alimenta, juega, me quiere y tantas cosas más. La verdad es que es el momentazo del día porque ni hay hora ni hay porqués. sencillamente estamos en el momento. Es fantástico y lo disfrutamos un montón. A veces el papá picado por la curiosidad del silencio se asoma nos mira y comenta algo sobre nuestro SPA maravilloso. 

Después llega la segunda parte que es más corta (que el agua ya está más fría). Jugamos un ratito, enjabonamos, aclaramos y llamamos al papá  para que seque a conciencia, encreme, vista y peine. ¿Alguien da más?

Mientras él hace todo eso yo termino de ducharme y recojo toysarás… que deja de ser tan divertido cuando me quedo sola y es menos divertido todavía cuando me toca lavarme el pelo. 
¡Que pereza madre!

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