El otro día mi pequeño príncipe disfrutó a tope de su ajetreadísima vida social. Fue el cumpleaños de su prímo súper favorito y por supuesto lo celebramos a lo grande y en familia por partida doble además. Ocho años no se cumplen todos los días y eso merece una buena celebración.

Esta era la invitación para la fiestita con los compis de clase



 La fiesta con la familia fue en el monte en un merendero con comida para tres días y fiesta para aguantar una semana. Cuando estábamos en medio de la algarabía cumpleañera yo me tuve que encargar de llevar al primo favorito y a sus amigos a los columpios del parque recreativo porque iban a colocar en medio de toda la fiesta el regalo estrella. Como era una tabla de surf había que camuflarla para que no la viera de entrada y fuera el sorpresón de la jornada. Cuando estaba en los columpios entretenida con los chavalines de repente escucho:

– ¿Cómo se llama la madre de Mateo?



No pude más que reirme de orgullo. Me hizo tanta gracia que un amigo de mi primo (también de ocho años) se refiriera a mí como la madre de Mateo. Así, sin más. 


Yo siempre he sido yo, o la hija de, o la sobrina de, o la nieta de, o la mujer de, o la prima de, o la amiga de…. pero hasta ahora nadie se había referido a mi como la madre de… Tengo ya diez meses de maternidad y es la primera vez que me pasa. Me di cuenta que yo en el cumple para los amiguitos de mi primo era sencillamente la madre que tenía al bebé más pequeñito de todos. Además el niño lo dijo con tanta naturalidad que me hizo aún más gracia.


Al fin de cuentas la maternidad es un poco eso. Dejar de ser una para pasar a ser un poco más de tu hijo. Yo no lo veo como una resta sino como una suma pluscuanperfecta

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