Señoras y señores: Madre no hay más que una. Y no lo digo por mí. Lo digo precisamente por mi queridísima madre. Les cuento…

El otro día estaba con el príncipe en casa por la mañana porque lo tenía libre y no tenía que hacer recado ni nada de nada, más que poner en orden una casa que con sólo mirarla ya se desordena (mi casa desde que llegó el príncipe nunca jamás volvió a ser la misma). Estoy limpiando para arriba y para abajo mientras mi pequeño ángel estaba jugando dentro de la cuna de viaje que tengo en el salón,  hasta que se aburrió y sólo quería brazos o gatear y las dos cosas eran imposibles porque estaba a punto de fregar el suelo. En eso me llama mi madre y le cuento que su querido nieto me estaba volviendo loca con el sonsonete lastimero que se traía (y que no me dejaba organizar nada  porque cada dos minutos iba a la cunita para darle otro juguete) ¿saben lo que me dijo mi madre? 

El grandísimo Tito Puentes se quedó corto 😉
-Dale un caldero
-¿qué mama?
– Yo te daba a tí de pequeña un caldero y una cuchara y podías estar horas jugando a hacer el mayor ruido posible.


La solución de todos los tiempos en una frase tan sencilla como hogareña: “dale un caldero”. Tres palabras que por lo menos, por lo menos, encierra media hora de libertad absoluta para fregar el suelo, hacer la comida y poner una lavadora. Mi hijo jugaba tan contento con aquel caldero que parecía que los mismos reyes magos habían pasado en pleno septiembre por mi casa.

No ha habido hasta ahora  mejor consejo que este: “dale un caldero”


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