Ni diamantes, ni rubíes… agua clara y pura
No puedo empezar a escribir este post sin antes agradecer enormemente al padre del principe y pareja eterna de la que suscribe su paciencia y ayuda ante los continuos y peligrosisisisisísimos ataque de sed que me atacan por la espalda, sin previo aviso y con total alevosía.


Ahora sí. Ahí va, por todos ustedes: Ataque de sed (casi mortal).
Que sed más mala malita
Hay papa que me muero sedienta
El ataque de sed es un estado horripilante que me sucede cada vez que doy de mamar al príncipe. Si la tetada me pilla en casa yo tranquilamente me siento en el sofá, me desabrocho la camisa, quito la solapilla del sujetador y doy de comer al principito. Entonces cuando estoy ahí sentadica y relajada, la mar de a gustito disfrutando de mi maternidad… me pilla el ATAQUE DE SED. Es una sensación sin medias tintas: me da una sed que siento morirme, una sed que me mata de calor, noto de repente la boca pastosa y sin una molécula de líquido en ella. No puedo más que decir en ese momento: “Ataque de seeeeeeeeeeeeeed” con la voz más lastimera y calimera que conozco, y he escuchado.

¿Puede ser un acto de amor traer agua fresquita?
Lo siguiente que se escucha en mi casa entonces es (con voz muy, muy aburrida) “¿Quieres agua? ¿pero por qué nunca te preparas el vasito antes de dar de mamar?”. Todo esto me lo dice el padre del príncipe siempre miemtras trae el vaso y la jarra de agua, porque un único vaso a mí no me da para nada.

Se me olvida. Se me olvida siempre, siempre, siempre coger un vaso de agua para prevenir esta sed casi mortal. Y siempre ÉL me trae el agüita para que mi sed se calme. Así que desde este post quiero agradecer públicamente que me traiga el agua, la jarra y la botella. Así dar de mamar es mucho, mucho más fácil.

El ataque de sed dura ya ocho meses y no crean que ha amainado su fuerza. No, no. El ataque de sed es igual desde el mismo día que nació mi príncipe. En el hospital la enfermera me traía varias botellas de agua para tener provisiones, sabedora ella de lo que todavía no sabía una madre primeriza: dar de mamar da una sed de morirse.

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