A mí en la vida me han gustado los gatos. Siempre he sido una chica con perros, desde que era una chiquilla han habido perretes en mi casa.
Gatos sólo ha habido uno. Se llamaba “Maximiliano Pacheco” (en otra entrada hablaré sobre los nombres de las mascotas de mi familia porque eso sí que no tienen ningún desperdicio) y era un gatito a manchitas blanco y negro. Me lo trajeron recién destetado de su madre así que se crió conmigo. Yo le tenía un pánico infernal. Desde el minuto uno que el minino llegó a casa, a mí las manos me sudaban de lo nerviosa que me ponía ante su sóla presencia de gato juguetón que araña sin querer hacerlo, o queriendo, yo nunca lo tuve muy claro. A mí aquel gato me daba terrores nocturnos. 
En casa antes de entrar en cualquier habitación abría muy despacito la puerta para ver si por allí se encontraba el minino… porque era venir a jugar conmigo y yo morirme de miedito. Yo tendría por aquel entonces unos ocho años y finalmente el gato acabó con un familiar que tenía unas huertas bien hermosas en las que el gatillo jugaría no sé ni cuantos años porque la verdad es que nunca pregunté por él. Y eso que me lo trajeron para que me familiarizara con los animales, porque ya me veían el rejo de miedica total por la fauna española.

Más adelante trajeron un perrete a casa y ahí todo cambió: me entendía a las mil maravilla con aquel peludo que sólo quería lamerme y estar conmigo. Desde ese entonces por casa han pasado unos cuantos perrillos que han muerto de viejos. Ahora tengo una perra preciosa pero bueno, por ahí no va la cosa que me lío como una persiana. 
Pues a mí lo que me pasa es que sin gustarme los gatos llamo a la persona que más adoro del mundo: GATO. Gato o gatito según me venga. Lo llamaré así mil veces al día y me parece realmente curioso porque como digo: yo los gatos, ni olerlos.
Creo que lo comencé a llamar así porque desde que nació me pareció que tenía ante mí a un cachorrito, a Mi cachorrito. Por los ruidos, los gestos y todo lo que hacía mi príncipe recién nacido me parecía una criatura indefensa, un cachorrito… un lindo gatito. Y así empecé a llamarlo gatito. Gatito para arriga, gatito para abajo. Y así se quedó porque a día de hoy 8 meses después de su nacimiento lo sigo llamando cariñosamente, gato.
¿Serían capaces de describir el olor de sus bebés?
Y si él es el gato yo soy la gata, porque cuando me acerco al príncipe jugando me pongo a olisquearlo como si fuera (que lo soy) ¿un mamífero reconociendo a su cría? Lo huelo de arriba a abajo y me quedo tan ancha, extasiada por ese olorcillo dulce de bebé. Para mí el mejor olor de todos los olores del mundo es cuando el príncipe se despierta por las mañanas y le huelo la cabecita. En ella se   mezcla el olor a sudorcillo de la noche, su propio olor, el olor de su sueño… mmmmmmmmmmm me encanta. 
Vuelvo al tema central de la entrada: Si me dicen hace cinco años que iba a tener un príncipe al que cariñosamente llamaría gato no me lo creería y preguntaría rápidamente ¿por qué? ¿por qué gato si a mí lo que me gustan son los perros? 
Pues para mí la maternidad es así: lo que creía que estaba arriba está ahora abajo y viceversa. Nunca antes, en ningún periodo de mi vida, me ha temblado tanto el suelo que piso. 
Este terremoto es lo mejor de mi vida

Y ustedes ¿cómo llaman cariñosamente a sus hijos?

2 comentarios

  1. Hola Katrina que curioso como llamas a tu princesita, lo de “cosha bonita” me refiero. Digo curioso porque yo al príncipe también lo llamo “cocha pechocha”. Que casualidad. Un saludo para tí y la príncesa

  2. Yo a mi hija le digo “princesita”, o también “mi cosha bonita”.
    Te cuento que a mí, nunca se me han dado los perros… siempre he adorado a los gatos, y esas fotos que tienes ¡me fascinan!
    Pero tuve un golpe en la nariz, con fisura y todo, y ya casi no soporto el fastidio que me producen los pelos. Qué pesar, porque me habría encantado regalarle un gatico a mi princesita Juliana.

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