El príncipe es un príncipe, aquí y en Pekín. Es un príncipe y por supuesto tiene un nombre. Y no crean que no me preocupó cómo lo llamaríamos porque, aunque quede feo, yo he de decirlo: tengo un nombre muy bonito y poco conocido. Así que la cuestión del nombre me preocupaba (entre comillas), bastante.
Nombres de niña tenía muchísimos entre los que elegir. Pensé en un principio que sería niña y además tooooooooooooodos me decían que traía una nena. Pero no fue así :)Además el propio principe alentó ese tipo de rumores porque no se dejaba ver en las ecografías. Pasaban los meses y yo no tenía confirmación de nada, hasta que llegó la ecografía selectiva. Ese día nos enseñó la pirula en todo su esplendor, sin ningún tipo de contemplaciones, rubores o verguenzas. Fue poner el ecógrafo y lo primero que se vio fue eso: la pirula de mi nene.
Durante los cuatro primesos meses le podía ver las costillas, los pies, las rodillas, la naricita…todo menos si era niño o niña


Después de respirar tranquilos por saber que todo seguía marchando a las mil maravillas y de alegrarme por saber finalmente que tenía un niño en mis entrañas, me surgió la GRAN duda. ¿Qué nombre era el ideal para mi niño? Me percaté entonces que no tenía ningún nombre de varón seleccionado, que no había ningún nombre de niño que me gustara especialmente.


Pensaba y pensaba y no terminaba de convencerme ningún nombre. O eran muy largos, o eran muy cortos. O eran muy complicados o eran muy sencillos… hasta que de repente una noche recién acostadita, me vino a la cabeza el nombre de niño más bonito del mundo: Mateo.
No tenía ningún familiar que se llamara así (¡bien!), no era propenso a acortarse en diminutivos (¡bien!), no conocía a nadie que se llamara así (¡bien!), se lo dije a su padre a los 5 minutos de que se me ocurriera y le gustó mucho (¡bienbienbien!), se lo dije al día siguiente a mi familia más cercana y les parecía perfecto (¡requetebien!). Así de rápido fue. De no tener nombre a venirme a la mente el más adecuado para mi niño. Desde ese momento cuando pensaba en él, pensaba en Mateo. Ya no tenía dudas, ya no pensaba en otros nombres posibles. Era ese y punto. Lo sabía. Lo tenía tan claro.
Por una vez fui un poquito menos libra

He de decir que esta rotundidad me sorprendió mucho porque siendo libra imaginé que sería un verdadero quebradero de cabeza terminar de decidir una cuestión que estaría ligada a mi hijo el resto de su vida. Pero no, no tuve ningún problema. Mi hijo se llama Mateo porque creo que él mismo lo eligió.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.

*

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.